Si de golpe una libreta os cae del cielo, y en su interior leéis que os concederá todos los deseos que vuestra mente sea capaz de imaginar, ¿os lo creeríais? ¿Lo intentaríais probar? Y si descubrieseis que funciona… ¿Qué haríais con tal poder?
Mi nombre es Lyon, tengo 18 años, altura media, ojos castaños y un cabello moreno más negro que el futuro de una empresa de jamón en un barrio musulmán. No me considero guapo ni feo, soy del montón, y para mi desgracia aún soy virgen y no he besado nunca a una mujer. ¿Por qué? Debo admitirlo, tengo un carácter bastante agresivo y asocial que, junto a mis pasatiempos, han provocado esta situación. Dentro de la jerarquía social y clasificación del instituto, siempre he ocupado un lugar en la parcela de los frikis… ¿Sólo porque me gusten los videojuegos o estar en internet ya debo ser repudiado por los demás?
No os voy a mentir, soy usuario habitual de páginas web para adultos. Me masturbo cada día un par de veces, terminando por maldecir a esos actores que follan con mujeres que yo no podré si quiera tocar en mi vida. ¿Por qué el mundo o la naturaleza es tan injusta? Estoy muy bien dotado, y seguro que sería más cariñoso y servicial que la mitad de parejas que tienen las chicas de mi edad, ¿entonces por qué las mujeres prefieren a los de cara bonita, aunque no tengan cerebro? ¿Realmente tienen pareja para presumir de ella delante de otras personas o para que las quieran y las cuiden? Qué asco de sociedad… Pero bueno, dejemos mis ganas de ver arder al mundo a un lado. Os voy a contar como ha cambiado mi vida en las últimas semanas, desde el momento en que una libreta me golpeó la cabeza paseando por la calle… Surrealista, lo sé, aunque os aseguro que el chichón que tengo es muy real y doloroso.
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— ¿No pueden hacer eso en su casa? —murmuro para mí mismo cuando mi mirada se desvía a una pareja que está tranquilamente besándose en un banco, en plena calle comercial. ¿No tienen un poco de vergüenza? Una cosa es darse un beso o abrazarse, y otra es meterle la lengua hasta la campanilla mientras con las manos masajeas sin pudor su trasero.
Forzando a mis ojos a mirar hacia adelante, me concentro en la música que escucho en los auriculares, caminando rápidamente por la calle rumbo al supermercado, al que mi madre me ha enviado a comprar lo que se le ha olvidado, que casualmente son las cosas pesadas… Como siempre.
Acelerando y esquivando personas, en un intento de pasar el menor tiempo posible en la calle y regresar a mi zona de confort, apenas me quito un auricular al entrar a la tienda, yendo directamente a las secciones que me interesan. Un cuarto de hora después, salgo con un pack de leche en una mano y una bolsa repleta de congelados y latas en la otra. Avanzando todo lo deprisa que puedo, lucho porque las dos cargas no me dejen sin circulación en los dedos, mientras maldigo a mi progenitora. Joder, ¿no podríamos pagar el servicio a domicilio? ¡Coño, que es muy barato! Todo por ahorrarse un poco de dinero, por tal de poder evitar tener que venir siempre lo pagaría yo mismo de mi paga y… ¡Ay!
— ¿Qué demonios? —maldigo dejando la compra en el suelo y llevándome la mano a la cabeza, y mirando hacia arriba, recordando en ese momento que estoy en un parque, sin edificios de los que me puedan tirar algo.
Observando de reojo la oscura libreta que parece haberme golpeado, observo a mi alrededor en busca de alguien que parezca burlarse de mí, pero las pocas personas que me rodean parecen lejos de si quiera prestarme atención. Volviendo a mirar a mi alrededor una última vez, me agacho para recoger la libreta, abriendo su oscura portada, decorada con una G y una N en dorado, para averiguar si hay alguna pista en su interior de quien me la ha tirado. Dando un rápido repaso a sus hojas blancas, finalmente decido seguir mi camino para dejar de llamar la atención aquí en medio, guardando la libreta en mi bolsa. Si esto era una broma, se han quedado sin libreta…
Volviendo a colocarme el auricular y retomando mi paso de caballería, regreso a casa y dejo la compra sobre la encima de la cocina, llevándome la libreta a mi habitación. Lanzándola sobre la cama, rápidamente me deshago de la ropa para ponerme un pijama cómodo, dejándome caer sobre la silla con un suspiro.
Sintiendo mi cabeza aún palpitar por el golpe, mis ojos vuelven a centrarse en la libreta, provocando que la agarre y la lleve a mi escritorio, para observarla con más calma. Aunque su estilo parece de típica libreta industrial barata, las letras doradas parecen estar pintadas a mano, provocando que siga investigándola.
Abriéndola con cuidado, despego ligeramente la primera hoja, haciendo que deje escapar un sonido de mis labios mientras observo con incredulidad unas instrucciones en la parte interna de la portada. ¿En serio? ¿Qué clase de friki fan de Death Note habrá puesto esto? Y ni que hablar de la letra espantosa que tiene…
Observando el resto de la libreta de pasada, regreso a la primera hoja al ver que no hay nada más escrito, concentrándome en intentar descifrar las instrucciones que están escritas con mala letra.
God Note
Funcionamiento:
1.- Escribe el nombre y apellido de la persona que quieras dominar visualizándola mentalmente.
2.- Añade el tiempo que quieres tener dominada a esa persona, durante ese tiempo la persona hará todo lo que le pida como si quisiera hacerlo por propia voluntad.
3.- Una vez termine el tiempo, la persona olvidará todo lo sucedido.
Reglas de la God Note:
1.- El tiempo de dominación no puede superar las 24 horas, teniendo que esperar otras 24 para poder volver a dominar a la misma persona.
2.- No se pueden pedir cosas que puedan suponer un grave peligro para la vida de la persona dominada.
3.- No se pueden tener más de 7 personas dominadas a la vez.
4.- No se pueden mandar ordenes que supongan hacerlas fuera del tiempo establecido.
“En caso del incumplimiento de las reglas, las personas dominadas perderán el efecto.”
Claro que sí. No te lo crees ni tú que por escribir esto en una libreta rancia vaya a funcionar. Aunque debo admitir que sería increíble, se podrían hacer muchas cosas... Si la gente hiciera lo que deseo, ¿qué haría? ¿Podría pedirle a alguien que me de dinero? ¿O que me regale una casa? Bueno, no creo que pudiera hacerlo si el límite son 24 horas…
Echándome hacia atrás en el asiento con un suspiro, mis ojos viajan más allá de la ventana pensando en las posibilidades, sorprendiéndome cuando veo a la hija universitaria de mi vecina tendiendo la ropa con un conjunto que deja poco a la imaginación para un virgen como yo. ¿Podría pedirle que se desnude? ¿Qué me dé un beso? ¿Podría…? No, sería demasiado bueno.
Con un nuevo suspiro saliendo de mis labios, me muerdo la cara interna del labio mientras observo a la vecina proseguir con su faena, ajena a los ojos que se la comen con la mirada tras la cortina de mi cuarto.
— ¿Y si funcionara? —pregunto para mí mismo en voz alta, haciendo que sienta cierta vergüenza por, si quiera, creer en esa posibilidad. Pero… ¿Y si sí? ¿Cómo puedo probarlo?
No puedo pedir algo sencillo de hacer, ya que no podría saber si lo hacen porque quieren o porque la libreta funciona, pero tampoco puedo pedirles algo extraño y quedar en evidencia… ¿En serio estoy pensando en probarlo?
— ¡Podrías haber colocado la compra! —comenta en voz alta mi madre, sobresaltándome desde el otro lado de la casa.
— ¡Perdón! —respondo, alzándome de la silla con un suspiro, mirando la libreta de reojo.
Sintiéndome la persona más estúpida del mundo, sigo las instrucciones del cuaderno, anotando el nombre de mi madre junto al tiempo que supuestamente quiero controlarla. ¿Cómo puedo confirmarlo?
Saliendo de mi cuarto, camino hasta la cocina donde veo a mi madre guardando la compra en las alacenas, viendo cómo me echa una mirada de reojo. ¿Qué esperaba? ¿Qué mi madre estuviera en plan ciborg a la espera de ordenes mías? Si es que soy subnormal…
— Ya que estás aquí, tiende la ropa de la lavadora. —dice mi progenitora haciendo que frunza el ceño. Por esto no me gusta salir de mi cuarto.
— Hazlo tú. —protesto esperando rápidamente que me grite por no obedecer, pero no ocurre.
— Está bien. —responde girándose y yéndose a cumplir la tarea, provocando que me recorra un escalofrío. Mi madre es peor cuando no me grita que cuando lo hace, me hace sentir culpable…
— Espera, para, lo hago yo. —cedo con algo de miedo acercándome a ella—. Perdona.
— Muy bien. —dice dejando la ropa nuevamente en el barreño y entrando a la cocina.
Suspirando con agotamiento, me pongo a tender la ropa, provocando que casi se me caiga una camiseta cuando se me cruza la idea por la cabeza. ¿Y si no se ha puesto a tender para hacerme sentir culpable? ¿Y si ha sido por mi orden? No, es imposible… ¿No?
Con un ojo puesto en el reloj de la cocina para confirmar que aún quedarían un par de minutos de supuesto control, regreso para ver a mi madre lanzarme el interrogante de mi presencia con la mirada, haciendo que me tiemble un poco la voz. Si alguien tiene que llamarme loco, mejor que sea mi madre, ¿no? De perdidos al rio…
— Mamá, quiero que subas a la última planta del edificio y te pongas a cantar Torero de Chayane mientras bajas por las escaleras y regresas a casa. —digo con nerviosismo, tragando saliva cuando mi progenitora me observa.
— Está bien. —asiente dejando lo que estaba haciendo para girarse y salir de la cocina.
Siguiéndola con cierta incredulidad, esperando que se gire para empezar a gritarme, observo anonadado como mi madre sale de casa y se sube en el ascensor, sorprendido cuando la veo ascender. Esperando unos segundos, pensando en que mi madre me está vacilando y terminará bajando por las escaleras zapatilla en mano, me quedo boqueando como un pez fuera del agua cuando escucho su voz resonando en la escalera, desde varios pisos por encima.
Con la cabeza cortocircuitando, apenas puedo reaccionar cuando mi madre baja unos segundos después los escalones al lado de nuestra puerta, volviendo a entrar y cerrando la puerta aun cantando. Observándola con incredulidad, espero algún tipo de reacción contra mí, pero simplemente me esquiva para volver a la cocina y retomar sus tareas. No puede ser, no puede ser… ¡No puede ser!
Sintiendo mi cerebro ir a cien por hora ante las posibilidades, mi cordura se ha perdido, provocando que regrese a mi cuarto y, tras mirar un segundo por la ventana, apunte el nombre de mi vecina en la libreta antes de irme corriendo de casa, para llamar a la puerta de enfrente. Si lo digo rápido, siempre podré decir que ha escuchado mal…
— ¿Sí? —pregunta la hija de mi vecina, provocando que me recorra un escalofrío antes de hablar.
— Quítate la ropa. —digo, tragando saliva y preparando ya una excusa.
— Está bien. —responde la morena ante mi incredulidad.
Provocando que casi se me salgan los ojos de las orbitas, se saca el top para mostrarme los primeros pechos de mi vida, antes de inclinarse para quitarse el pantalón de pijama, convirtiéndose en la primera mujer que he visto desnuda.
— ¿Es todo? —pregunta la joven, mientras mis ojos y mi cerebro están sacando humo.
— S-Si. —respondo viéndola asentir y cerrar la puerta.
Con los ojos clavados en la madera de la puerta, mi mundo se rompe y reconstruye varias veces antes de que regrese a mi casa y mi cuarto, dejándome caer sobre la silla exhausto. Es real… La libreta, es real.
Quedándome en un estado casi catatónico, mi cerebro comienza a lanzarme un plan tras otro, mientras mis ojos no pueden despegarse de la cutre libreta que amenaza con cambiar completamente mi vida. ¿Por dónde debería empezar? ¿Podría hacer que me den dinero? ¿Podría pedirle a la profesora las preguntas del examen? Podría… ¿tener sexo?
Aquellos que se han burlado de mí, lo pagarán. Aquellos que me han menospreciado, se arrepentirán. Aquellas que se han mofado de mí, haré que se pongan de rodillas y me la chupen.
Sin poder esconder una sonrisa que se convierte en carcajada con el paso de los segundos, siento una burbuja de felicidad expandiéndose en mi interior al ser consciente del poder que acabo de conseguir. O, mejor dicho, al ser consciente de mi poder. Puedo tenerlo todo, puedo tener a quién quiera. Ahora mismo… Soy lo más parecido a Dios.
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