Acercando mi nariz a la cálida piel aterciopelada, inspiro lenta y profundamente, sintiendo un escalofrío de deseo y excitación al notar ese intenso olor a hombre, a macho. Sintiendo al propietario deseando que comience a chuparlo, mi puta interior sigue queriendo hacer crecer mi ego, sabedora de que, aunque la que esté arrodillada sea yo, soy la que tiene el verdadero poder.
Dándole una rápida sacudida, tomo entre mis dedos la punta para acercarla a su torso, admirando su grosor y longitud antes de acercar nuevamente mi nariz para esnifar sus huevos gordos, mientras mi mano comienza a hacerle una lenta paja que le hace apretar el culo.
Tragando el exceso de saliva que se me ha creado en la boca, saco mi lengua y, plantándola entre sus dos testículos, doy una larga y lenta lamida hasta la punta, esbozando una fugaz sonrisa al sentir como mi víctima tiembla. Ignorando el deseo que veo en sus ojos, comienzo a dejar suaves besos en sus huevos durante unos segundos, antes de escuchar un gruñido de placer cuando succiono uno de ellos para metérmelo en la boca. Jugando con mi lengua, moviéndola en círculos, durante medio minuto voy alternando entre sus testículos, sintiendo como una de sus manos se va a la parte trasera de mi cabeza, haciendo ligera presión para llevar mi boca a su pene cuando libero sus huevos.
— Dios, por favor, chúpamela ya. —suplica mientras no puedo evitar sonreír—. No me hagas sufrir.
— ¿Quieres que te la chupe? ¿Quieres atragantarme con tu dura polla? —digo gimiendo cada palabra, viendo cómo se muerde el labio.
— Sí. —suspira, con la mirada suplicante.
— ¿Quieres follarme la boca? —continuo, dejando lentos besos en su longitud—. ¿Quieres llenarme la boquita de leche?
— Joder… —maldice, mirándome con puro sufrimiento en la cara—. Quiero que te la tragues entera.
— No sé si me cabe… —miento, dándole otra larga lamida a su palpitante erección.
— Prueba.
— Vamos a ver… —murmuro dejando un lento beso en su sensible punta.
Antes de que se lo pueda esperar, abro mi boca y me la trago completamente sin calentamiento, escuchándole soltar un gemido de placer y sorpresa, mientras mis labios golpean su pubis y mi garganta se dilata mejor para adaptarse al intruso. Empezando a sentir mi boca llenarse de saliva, me retiro lentamente hasta la casi sacarla, volviendo a introducírmela de golpe para volver a escuchar su gemido. Pobre…
Aunque no es para nada pequeña, ya tengo mi garganta muy entrenada para ni siquiera notar arcadas con pollones más grandes, provocando que mi lengua se deslice por debajo del intruso, y comience a acariciar con la punta sus huevos.
— Dios… —suelta, agarrándome la cabeza con fuerza—. ¿Cómo…?
Separándome lentamente para que note todo el recorrido del roce hasta el final, alzo la mirada con una sonrisa de puta y restos de baba en mi barbilla, viendo su cara de admiración y excitación.
— Me encanta comer pollas. —confieso, notando como salta de alegría la suya entre mis dedos mientras la pajeo.
— Pues la mía te la puedes comer cuando quieras y las veces que quieras. —suelta provocándome una breve carcajada.
— ¿Quieres ser mi biberón personal? —gimo con voz porno, notando como se está volviendo loco—. Mira que tengo mucho apetito… ¿Me darías leche varias veces al día?
— Las veces que quieras. —gruñe, relamiéndose.
— Pues empieza dándome la primera ración. —suelto, volviéndome a tragar su verga. Aunque no sabe que nunca repito…
Mi garganta se abre como un guante caliente y húmedo alrededor de su grosor, tragándomela hasta el fondo sin piedad. Siento cómo la cabeza de su verga roza el fondo de mi esófago, pulsando con fuerza, mientras un gemido ronco escapa de su pecho. Sintiendo sus dedos clavarse en mi cabello, tirando con esa mezcla de desesperación y placer que tanto me excita, sonrío interiormente, sabedora de mi control. Siempre lo tengo.
Alzando mis celestes ojos para mirarlo con dificultad, mis labios se estiran alrededor de su base, y tengo la barbilla goteando baba que termina deslizándose por sus pesados huevos, que me prometen una copiosa merienda.
— Joder… Eres una puta máquina. —gruñe él, con la voz entrecortada.
Con ganas de humillar a las que vengan aquí después que yo, empiezo a moverme con ritmo experto: lento al principio, saboreando cada centímetro, dejando que mi lengua baile por la gruesa vena que recorre su longitud. Luego acelero, succionando con fuerza, creando ese sonido obsceno y húmedo que los vuelve más tontos de los que son. Glup, glup, glup. Mi cabeza sube y baja, mis mejillas se hunden con cada succión profunda, y siento sus huevos golpear contra mi barbilla, mojados por mi propia saliva.
Él intenta follarme la boca, empujando sus caderas, pero yo lo detengo con una mano firme en su muslo, acostumbrada a dominar a estos potros salvajes. Aquí la que manda, soy yo. La que decide cuándo, cómo y cuánto, soy yo.
Girando mi cabeza ligeramente, y dejando que su erección roce las paredes internas de mis mejillas, me vuelvo a clavar otra vez su verga entera, aguantando varios segundos con la nariz pegada a su pubis, inhalando su masculino e intenso olor, a sudor y deseo puro.
— Dios… Nadie me la ha chupado así. —jadea, temblando.
Sacando su verga de mi boca un momento, calmo un poco mi respiración sonriente, con hilos gruesos de saliva conectando mis labios hinchados a su punta brillante. Machacándosela con firmeza y velocidad, la golpeo contra mi lengua juguetona.
— Ni nadie te la va a chupar mejor. —anuncio con un ronroneo, lamiendo desde la base hasta punta en una larga pasada—. Dime cuánto quieres que siga.
— Mucho. —tartamudea, perdiendo aún más poder.
— Suplícamelo. —exijo, viendo en sus ojos como lo tengo derrotado—. Suplica que me la trague.
— Por favor… Por favor, te lo suplico. Chúpamela. —se humilla mientras veo sus caderas inquietas—. Quiero correrme en tu boca.
Sonrío con malicia. Ese es el momento que esperaba. El momento en que sería capaz de arrodillarse y besar mis pies. Todo porque no deje de chupársela…
Más cachonda aún, sintiendo mi tanga empapado, me vuelvo a meter con furia su verga en la boca, usando una mano para masturbar la base mientras mi lengua y labios se encargan del resto. Mi otra mano acaricia sus huevos, apretándolos suavemente, sintiendo cómo se tensan. Su respiración se vuelve errática, sus abdominales se contraen… Sé que está cerca.
— Voy a… Voy a… —intenta avisar. Pero sus palabras me dan igual. Es mi momento.
Acelerando el ritmo, succiono más fuerte, más profundo, tragando alrededor de él como si quisiera absorberle el alma. Y entonces explota. Un chorro caliente y espeso me inunda mi garganta. Trago una vez, dos, tres, sin derramar una sola gota, mirándolo a los ojos mientras su cara se contorsiona de placer absoluto. Sigo chupando incluso después del último espasmo, ordeñándolo hasta dejarlo seco, sensible y tembloroso…
Cuando por fin la suelto, su verga cae semierecta y derrotada, brillante de mi saliva y restos de semen. Mirando sus ojos anonadados, me limpio la comisura de los labios con el dedo, y lo chupo lentamente.
— Gracias por la merienda. —suelto, abriéndole la boca y enseñándole la lengua—. Estaba muy rica.
Él me mira aturdido, todavía recuperando el aliento y asimilando la mejor mamada de su patética existencia, como siempre pasa… Levantándome con gracia, y ajustándome el vestido corto que apenas cubre mis muslos, mi propia excitación palpita entre mis piernas, pero es lo guardo para mí.
— ¿Ya te vas? —pregunta él, con cierta desesperación, todavía desnudo y vulnerable en la cama del hotel.
— Sí, ya estoy servida. —respondo, inclinándome para darle un último beso en la punta de su verga flácida, haciéndolo estremecer—. Gracias por la leche, guapo.
Saliendo de la habitación sin mirar atrás ni escuchar su voz, el sabor salado presente en mi lengua hace que me relama mientras espero en el ascensor, entrando y ajustándome la blusa en el espejo antes de pulsar el botón del hall.
Otra polla más. Otro macho fuerte derrotado. Otro hombre marcado para siempre.
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